Me preguntaba por la constancia de El Principito. Su tesón,
su motivación, su alegría siempre intacta me dejaban atónita.
Ver los atardeceres en su sencillo mundo, esos hermosos
atardeceres… y que no hiciera falta nada más.
Con la cabeza en la arena de la playa veía cómo el sol se
deslizaba por el horizonte; mientras tanto, la luna aparecía en mi espalda
sobre la mar del Mediterráneo… Mar en calma con una pequeña ola revoltosa en la
orilla.
Ahí estábamos, el sonido del agua, la luz en mil colores,
naranja, rojo, violeta, rosa, amarillo, azul… y tú a un costado, tirándome
piedritas en las manos, haciéndome cosquillas en la piel.
Sólo me falta saber si estábamos en la Lobería o en Almería…
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