Entre guitarras y voces, calimba y movimiento, organillo y sonrisas, el sol se iba colando por la ventana.
El canto recibía.
El nuevo día rompía.
La oscuridad de la noche se desvanecía.
Y, la carilla se les calentaba.
Así, gracias a los rayos de luz que se filtraban por la persiana, llegó el momento de dejar la copa y contar sus lunares.
El canto recibía.
El nuevo día rompía.
La oscuridad de la noche se desvanecía.
Y, la carilla se les calentaba.
Así, gracias a los rayos de luz que se filtraban por la persiana, llegó el momento de dejar la copa y contar sus lunares.
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