Ya no adivinaba su coche por las calles.
Tampoco recordaba su olor.
Ni lo buscaba, borracha, en la agenda telefónica.
Todo indicaba que se había librado de él.
Y se sabía contenta, un poco más libre, también.
Pero, en sueños, él aparecía, la abrazaba y se quedaba con ella.
Había conseguido borrarlo de su vida para enterrarlo en las noches. Noches en las que a ella le hubiera gustado morir, por el placer de no despertar.
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