A veces la caída es tan dura que parece que las piernas se
quebraron y jamás podrían volver a pararse.
El estómago se te cierra y no tienes ganas ni de llorar.
Por instantes quieres retroceder en el tiempo… Pero no. No vale
de nada ese planteo, el preguntarme y si tal…y si pascual…
A veces el choque con una parte de ti es tan brusco que da
vergüenza. Que gustaría ser tortuguita para meter la cabeza en el caparazón, hacer como que desapareciste, como si fueras una niña que al tapar sus ojos nadie
puede verla.
Más tarde, en un oleaje de sensaciones, empiezas a ver que
el cielo se abre una pisquilla… que este mar bravo que golpea con fuerza es
necesario…
Consigues llegar a la orilla, con las rodillas
ensangrentadas por los revolcones contra las piedras. Estás a salvo. Raspada y
magullada, pero a salvo.
Hay una nueva oportunidad, las nubes dejan aparecer más
rallitos de sol que pronto calentarán tu piel y tu alma.
Vuelves a encontrarte, después de unos meses perdida, parece
que queda algo de tu esencia.
Rescátala. No siempre hay una tempestad que te empape hasta los huesos.